miércoles, 14 de enero de 2009


Sin vuelta,
sin procedencia
lo perdido olvidado
queda.
Dolorida existencia
chilla rabiosa de
impotencia.
Dos esferas
giran en mi
enloquecidas
en mi cabeza.
Deseamos amar y
ser amados, romper
cualquier tipo de
ataduras.
Pierdo el dolor
mientras mis
ojos son cerrados
vilmente por
el desamparo
de una noche sin
sol.
Mi no luna, mi
no corazón,
son las noches
bailando con el
ocaso las que
cruzan este
fatídico camino
de terror.
Terror ante
la repetición de
lo vivido, miedo
a lo desconocido.
Soy yo, huyendo
tras caer de nuevo,
sigo siendo yo,
la que pierde
sueños.
Paro, observo,
mis manos no son
sólo dedos, soy
piedra en firme suelo,
esas paredes
que tratan de
abrazar tu cuerpo.
Continua vacía esa
silla con la que tanto
he hablado, esperando
la llegada del que quiera
apostar por mis palabra
Ensoñadas manos
que un día acariciarán
mi rostro ya cansado,
dándome renovador
aliento, resucitando
lo que di por muerto.
Sin ruido, convierto
cada suspiro en
oleajes enfurecidos.
No soy yo, dejé
el cuerpo para
dibujar entre
la sombría soledad
y la esperanzadora
luz sendas directas
al abismo.
Abandoné cuanto
obtuve, tratando
de reconstruír ese
sueño, no habrá
más días ni noches
tan sólo consecución
de indefinido tiempo
hasta que recomponga
este cielo y sea
la tierra quien
logre sellar
nuevos besos.

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