viernes, 13 de febrero de 2009

Hacía frío,
tumbada
en ese suelo,
los huesos
se quejaban.
Veía a través
del techo,
las ventanas
no eran ventanas
sino puertas directas
al cielo.
No había cerraduras
ni puertas selladas
por el silencio.
Era yo y un
sencillo habitáculo,
paredes azules,
paredes grisáceas,
cambios camaleónicos
en un abrir y cerrar
de ojos.
Hacía frío, y las palabras
movían mi pelo
acariciando la distancia
entre el recuerdo
y el olvido.
Era abismo, era destierro,
todo aquello no deseado,
paralizado el reloj,
sin pestañas ni lágrimas,
estática mirada contemplando:
nada, absolutamente nada.
Reduje la distancia,
acaricié el pensamiento,
hice cuanto pude,
aún así tan sólo vivo
sin destino propio.
Escribimos cuanto vemos,
hablamos en función
de lo escuchado,
aprendemos de viejos
libros pues es la
historia aquella que
nunca se olvida, la
que te empuja a
descubrir la acidez,
la nostalgia, ese
brillo de un verso
no escrito.
Juega el deshielo
con la tierra,
tratan de florecer
los cerezos abriéndose
paso en este prolongado
invierno, luchan y
lucharán hasta ofrecer
lo mejor de sí mismos.
Rompen moldes, caparazones,
llegan al límite del cansancio
hasta acariciar el día
ofreciendo aromas nuevos
pese a tiempos adversos.
Cristalizadas fuentes
expanden la vida,
reafirmando el
presente, sosteniendo
la respiración, afilando
cada hoja, cada tinta,
cada pasión.
Flores marchitadas
rejuvenecidas por
el frenético mundo
onírico, y qué es
una vida sin sueños,
a qué se reduce el
cuerpo si no ofrecemos
más que simples reflejos.


pumukimuakas

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