martes, 3 de febrero de 2009

Sostenía la cabeza entre las manos, las horas dejaban ecos, cada minuto cada segundo moría en el intento de paliar la monotonía.
Creamos diarios que resuciten aquello que un día hizo brillar nuestras miradas, verde intenso de fondo negro, pupilas enrojecidas por el llanto de un niño, pupilas enfurecidas, pupilas doloridas,
el aislamiento es la peor medida, de qué sirve aislar las ideas, los sentimientos, desterrar el corazón al gélido universo tratando de borrar esa dulce compañía que un día abrigó nuestro cuerpo.
Sin recetas, automedicamos cuanto vemos, rebajamos la importancia de las palabras pues perdida la fe nada importa, nada prevalece, todo cambia, creen fielmente que las palabras son conducidas por el viento.
Pero no hay mayor valor que aquellas palabras que salen del corazón, cuando has de sacarlas pues de lo contrario serían equistaciones en constante revolución con las lágrimas.
Tratan de ahogar, de asfixiar los conceptos falseando y desvirtuando la realidad con pequeños diccionarios ajenos a la verdad.
Tratan de aniquilar la sinceridad, el mundo de los verdaderos sentimientos, derribar la ausencia de muros levantando nuevos frentes por una lucha sin sentido que desea ganar a toda costa una fama o un honor mal concebido.
Una vida llena vaciada por la marginación del amor, una vida llena colmada de sueños trata de ser página en blanco ante una sociedad enquistada en un materialismo desorbitado.
Dónde reside la verdadera lucha, qué hacemos ante cada situación, enmudecidos observamos cuanto padecemos y cuanto acontece, inmovilizados vemos morir las horas en nuestras propias manos.

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