martes, 31 de marzo de 2009

Entre sueños

Todo parecía agonizar, dando un vistazo a lo que había sido su vida, nada le pudo llenar, cada día, cada tarde formaban una compacta rutina donde era fácil entrar. Atrapado, asfixiado por cada fecha del calendario abandonó su presente para comenzar de nuevo siguiendo su verdadera pasión. Tras pensarlo una y mil veces le explicó a Marta el porqué de su partida, con lágrimas en los ojos se despidió de su mujer y de aquel hijo que no vería nacer, pese al dolor sabía que ellos saldrían hacia delante. En cambio él necesitaba la soledad, ese constante silencio que le ayudase a encontrar su camino, alejado de todos, se desterró a un pequeño piso situado en Lavapiés, tenía todo planeado, viviría de los pequeños ahorros y del paro que le correspondía por haber trabajado durante años en la construcción. Iba a arriesgar todo por un sueño, cada vez que se repetía: “haz de la vida un sueño y de los sueños una realidad” se miraba ante el espejo y sonreía, sabía que ese era su momento y que lograría alcanzar todo lo que quisiera. Aún recuerda sus comienzos, fueron duros pero lo volvería a hacer, su despegue fue rápido y demasiado fácil, tras varios años escribiendo las editoriales luchaban por firmar un contrato con él, su prosa lograba enganchar tanto a mujeres como a hombres, tenía una frescura e imaginación propias de un genio, envidiado por todos ahora vivía en un gran apartamento de Gran Vía, gozaba de una repentina fama; fiestas, entregas de premios, tertulias en televisión, apenas podía dar dos pasos sin ser reconocido. En la cima, vivía en lo más alto de sus posibilidades, malgastaba el dinero, compraba cosas innecesarias, ya no se acordaba de lo que le movió a dejar a amigos y familia, su hijo tendría ya unos cinco años y ni le conocía. Pobre Héctor, no sabía que todo esto tendría un drástico final, copa tras copa trataba de anestesiar su vida, olvidar cuanto fue y aceptar lo que era, la noche llegaba a su fin y con ella la fiesta, decidió ir a descansar, todo parecía ir bien, tenía el cinturón puesto, las manos sobre el volante pero no contaba con ese ligero sueño que empezó a adueñarse de él, su cuerpo no respondía, sólo los ecos de la ambulancia le indicaban que algo no marchaba bien, deseaba hablar y abrir los ojos pero no podía, algo más fuerte que él le retenía en aquella camilla, ya no era Héctor quien decidía sino un equipo de médicos, en coma profundo su cuerpo había sido reducido, nadie se acordaba de él, tan sólo sentía unas suaves manos que le hablaban. Aún recuerda el día en el que poco a poco la luz fue entrando en sus pupilas, le hacía daño pero más le dolió no ver a ningún ser querido tras entender el porqué de su estancia en el hospital.
Quiso coger el teléfono y llamar a Marta, pero sus piernas eran bloques de cemento, su cuerpo no hacía caso a las órdenes del cerebro, angustiado pudo dar al botón de asistencia médica, de repente una amplia sonrisa le consoló, era blanca y pura, no sabía porqué pero esas manos le resultaban familiares. Se llamaba Violeta, era quien le había acariciado cada amanecer, le explicó todo lo ocurrido y las graves consecuencias del accidente, no podría volver a caminar, el mundo comenzó a caer, unas pequeñas lágrimas resbalaron recorriendo su cara, por fin era consciente de la realidad, ese sueño por el que tanto había luchado se había convertido en su destrucción, esa soledad inicial que tanto buscó se convirtió en una pesada carga. Al menos estaba ella, su ángel, aquel rostro sonriente que le daba nuevas esperanzas. Tras rehabilitarse le dieron el alta, un golpe duro en medio de la herida pues desconocía como sería esta nueva vida, con un nudo en la garganta se despidió de Violeta, ambos se miraron con dulzura, de repente ella le extendió un pequeño papel con un número de teléfono por si necesitaba algo.
Una ambulancia se encargaría de llevarle a casa, tras seis meses de ausencia todo seguía igual, tan sólo hubo cambios en él, si antes podía caminar ahora una silla de ruedas se encargaba de su movilidad, un desconsolado llanto apareció de repente, parecía un niño sin su juguete, un poeta sin inspiración donde la melancolía era su nuevo hogar.
Deseaba llamar a Violeta pero algo se lo impedía, se había enamorado de ella pero no quería que ella se compadeciera de su desgracia, detestaba la compasión y dar lástima, aún le quedaba suficiente orgullo como para pedir ayuda, girándose vio su Olivetti esa vieja máquina de escribir heredada, sigilosamente se acercó, volvió a sentir ese tacto, esa conexión con el mundo de las palabras, trató de escribir cuanto sentía pero tan sólo sus manos hablaban de ella.
Tardaría semanas en volver a escribir, cuando cogió el teléfono y marcó ese número, sólo quería darle las gracias y como excusa invitarle a un café, nadie respondía así que decidió esperar, tras varios intentos no logró hablar con Violeta, tuvo una extraña sensación por lo que decidió ir al hospital y preguntar por ella, nadie pudo contestar, nadie sabía nada, le dijeron que hablara con una amiga suya que trabajaba en daños cerebrales, tras varias horas pudo encontrarla, le preguntó por Violeta y ella con lágrimas en los ojos le dijo: “Es usted Héctor, Violeta ya no está aquí”, extrañado por su reacción le miró a los ojos sin saber de qué le hablaba, por lo que la enfermera empezó a relatarle lo sucedido: “cuando usted salió del hospital se le olvidó entregarle una carta que le había escrito durante los seis meses que estuvo aquí, cogió el coche y fue detrás de la ambulancia en la que iba, en un semáforo una moto se le cruzó y tuvo un accidente”. Perplejo le preguntó si ella había muerto: “no ha muerto pero si quiere visitarla está aquí, en coma profundo”, con un dolor en el pecho se fue acercando a la cama de Violeta, estaba allí en la misma situación que él hacía varios meses, mientras acariciaba sus manos le prometió que jamás se iría, que estaría a su lado hasta que dulcemente despertara.

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