jueves, 12 de marzo de 2009


Eran tiempos tristes, tiempos oscuros para luminosas pasiones que dejaban un tenebroso halo de pérdidas y beneficios que dejaban huecos insustituíbles. Las calles no hablaban tan sólo eran fieles testigos de un panorama abrumador del que tratas escapar pero algo te retiene en la misma esquina donde un día fuiste feliz.
Sigues caminando tras unos minutos de silencio en los cuales pudiste percibir que la soledad adquirida es mejor que efímera e insustancial compañía, tras cada caída provocada por viles zancadillas de quienes te miran sin ver más allá de los externo te levantas con el fin de mostrar lo que has guardado durante muchos años, dibujas una sonrisa y comienzas a creer en ti con el único propósito de encontrarle, trabajas para tus sueños deseando que al menos uno de ellos se materialice. Tras cada jornada vuelves con pies de plomo a casa, recordando que pudiste hacer mejor las cosas y que es demasiado tarde para volver a descaminar aquello que comenzaste, no hay salidas para ese callejón que tú mismo cerraste, huyes de tu reflejo, de cada espejo colgado en la habitación, huyes de tí creando en la mente paralelas realidades donde el grado de perfección es desorbitado. Sueño, con la mirada agotada vacías el corazón para adentrarte en el mundo onírico, convertido en el mejor refugio, quemas los pulmones con el último cigarro guardado en el bolsillo, quemas las lágrimas creadas y contenidas a lo largo del día mientras caes en la cuenta que eres un mero deudor de sueños irracionales que dan un agridulce barniz de felicidad a ese calendario de días malgastados porque dejaste de creer en los demás, en la vida, en tí. Como máquinas prostituímos las horas por una causa sin base, sin realidad, un paso transitorio entre la vida y muerte de los sentimientos guardados en los armarios que temen asomarse por miedo a fracasar.

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