miércoles, 11 de marzo de 2009


Gritaban los
cristales en
expansión
constante
por obtener
ese esperado
resultado que
hiciera de cada
grito una bella
melodía.
Corrían aquellos
niños emocionados
ante la inocencia
de un pupilo.
Crecieron y no
corrían por correr
sino que huían
de un ruín mundo
etiquetado por
mensajes publicitarios
absorvidos como
si fueran absolutas
verdades.
Adormecido el
corazón, continúa
esperando esa
huella indeleble,
aquello que logre
sujetar la respiración
a un nuevo suspiro.
Ahora, las guitarras
carecen de cuerdas,
no hay nuevas melodías
ni pentagramas sobre
los que escribir nuevas
sinfonías.
Las rosas no son rosas
sino astillas clavadas
en la mirada, todo
cambia, todo es
diferente, esperé
que llegaras aquel
febrero y entraras
por esa ventana
rompiendo cada
ensoñado sueño.
Maldito verano
de dos mil cinco
aquel en el cuál
frente al Mont Blanc
quise subir al cielo
para poder mirarte.
Te fuiste y yo quedé
reflejada en esa fría
nieve veraniega
cruzando estaciones
en busca de una
despedida para
poder cerrar ese
perpetuo recuerdo,
Sin palabras, sin
un adiós, marchaste
para dejarme atrás
escribiéndote versos
sujetando mi vida
con fina e hiriente
tinta.
Ahora, tras asomarme
un instante al recordado
olvido veo como fui
y seré una ciega en
manos de una luz
que atraviesa ese
tren azul.
Ese vagón en el
cuál me retrataste,
ese asiento que
ocupaste.
Regresé al recuerdo
para encontrarme
con esos pequeños
detalles que tras
tu paso quedaron
impresos en billetes
caducados por tus
alejados pasos que
aún miro desde
el destierro,

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