domingo, 1 de marzo de 2009

Seguían allí,
tiradas,
desangeladas
no amparadas.
Yacían sobre
ese asfalto
asfixiado por
fuertes pisadas
humanas.
Retorcidas, oprimían
sus propias palabras
cerrando cada hoja
contra el suelo.
No creían en los
demás, no creían
en aquello abrazado
y movido por el
viento.
Lloraban como extraños
ante un ínfimo arrebato
enloquecido amargamente,
gritaban en busca de
oídos, de bocas, de
sentidos, algo o alguien
que diera sentido a
sus contados días como
objetos fetiches envueltos
por agridulces sonrisas
escritas entre líneas
de subliminales frases
que atacan el corazón
de soñadores viandantes.
Ahora, sin más pasado
que aquellos segundos
recién enterrados,
acarician de nuevo
ese asfalto esperando
ser elevadas y selladas
por prismáticas
miradas que correspondan
sus llamadas.

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