viernes, 13 de marzo de 2009

Ya no hay flores
sobre la tumba,
ni palabras que
sustituyan los
ecos del olvido.
Sólo hay flores
marchitas que
recuerdan que
un día suspiraste
por tiempos lejanos.
Pétalos muriéndose
en primavera,
lágrimas secas
sobre aquella
lejana lápida que
habla desde el
destierro.
Blanco mármol
sobre tierra
roja, cabellos
secos, mirada
rota.
Sólo perduran
aquellos versos
escritos tras tu
partida, versos
de puño y letra
sangrando junto
a cada herida.
Dos heridas sobre
un envejecido
corazón, dos clavos
anclados a la mirada
encareciendo cada
recuerdo conforme
los años pasan.
Ya no hay flores
en tu tumba,
tanto amor perdido
tanto dolor ennegrecido
por la ausencia de
esos dos luceros
que en la infancia
me abrazaban en la
distancia.
Dos flores de azahár
marchitándose en
Sevilla, dos palabras
que encierran todo
este tiempo perdido,
en lo alto del camino
tan sólo trato de rozar
el cielo, abrazaros,
poder decir un adiós,
un perdón, unas
palabras de agrecido
amor.
Ya no hay flores
en sus tumbas
ni tinta roja en
el corazón,
tan sólo plumas
que aborrecen
cada paso que doy.

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