martes, 7 de abril de 2009

Con el paso de los años una cruel melancolía se aferró de sus pupilas, tan solo deseaba dormir y soñar en verso, hablar con aquellos escritores que marcaron un antes y un después, resolver esas dudas, descifrar esos misterios que se le planteaban cada mañana.
Quiso vivir tan deprisa que se olvidó de vivir, de experimentar la belleza que se presenta de manera cotidiana en esos pequeños detalles que se pueden percibir si escuchas el silencio del alma, nunca tomó en serio ese don, esa facilidad para expresar lo que sentía, tuvo miedo, rechazó ese talento, tantas noches lloró por no ser cómo los demás, se castigó, mandó callar esa voz que cantaba en su interior, castigó sus manos sin ningún tipo de material con el fin de imposibilitar sus facultades, una batalla interna dio comienzo el mismo día en el que dejó de escribir, se anuló, murió en vida hasta comprender que la Poesía no era una ciencia ni una forma de vida sino que ella era poesía, no podía anularse de esa manera pues es la incoherencia el mayor enemigo de la felicidad, notaba como cada año que pasaba envejecía por el dolor y fue esa desesperación la que activó de nuevo sus sentidos. Aún recuerda el día que volvió a escribir, respiró de nuevo, resucitó, recuperó la vista y comprendió que el miedo es su mayor enemigo, la inseguridad propia de una niña que camina por su ciudad natal contra corriente, en esa eterna lucha por la verdad, por demostrarse a ella misma que el amor y la felicidad existen por mucho que perdamos la fe, merece la pena luchar por aquello que creemos porque de lo contrario nos condenaremos, seremos esclavizados por la monotonía del materialismo, cada persona tiene su lucha y su duende que le ayude a ser feliz, ella descubrió muy pequeña su razón de existencia, fusionó el arte con la realidad transformando sus neuronas en libertad, bañando su cuerpo de autorretratos musicales que bailan constantemente junto a ella. Tras una batalla tan sólo tiene una dos manos, una sobre el corazón, otra convertida en dulce voz, conexiones internas enraizadas a un mundo exterior latente en cada latido del recuerdo, apenas queda nada de esa angustia repentina, los huecos son llenados paulatinamiente con pentagramas vacíos, dibujando notas en cada rostro palpando la tristeza, acariciando ese sueño impulsándolo a nacer y ver la luz de un nuevo amanecer.




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