domingo, 19 de abril de 2009


Cuando subió al cielo tan sólo tenía un deseo, comenzar de nuevo a vivir, conocía el valor de las palabras, de los pequeños guiños de una realidad escondida tras cada pisada.
Miraba desde lo alto la pequeñez del día, luces y sombras, parpadeaban con constancia dirigiendo la mirada hacia lo eterno, poseía gran facilidad para distanciarse de la vida, convertida ahora en silencio su cuarto tan sólo era refugio donde nadie conocía su pensamiento.
Dudas, incertidumbre, sueños inacabados, fotografiados y enmarcados, pendían de las paredes recordando lo dulce que fue ese día y lo fatídico de aquella noche dormida. Algo decía que caminara, que no olvidase su orígen pese a desterrarlo. Escribía cuando apreciaba, esbozaba sonrisas maquillando la tristeza guardada, miraba y era la triste mirada, cada ennegrecida pupila la que hablaba. Entró y salió de mundos paralelos sin dejar una historia, punto y final, puertas cerradas sin llave ni cerraduras, altas paredes convertidas en vestimenta, donde aquel que un día entró fue convertido en lágrimas de acero.
Sola sigue caminando a lo largo del pensamiento, poesía en alto estado de consumidos suspiros ahogados en las cenizas de un vaso medio vacío, eterno naufragio en mares de amor y desamor resentido y agotado por la búsqueda de la esperanza que abra aquellas puertas sepultadas.

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