sábado, 4 de julio de 2009


Arden los días
entre cafés y
cigarros mal
apagados.
Beso columnas,
huelo esencias,
una vida recién
comenzada
caminado sobre
las palmas de mis
manos.
Arden las pupilas,
sirenas cantan
por Gran Vía,
subo escaleras,
bajo a lo más
profundo de la
tierra.
Mantengo los pies
enraizados en el
corazón, soñando
la realidad, creando
una atmósfera real.
Arden los versos,
arde la poesía, pinto
una sonrisa, de nuevo
camino a ritmo frenético,
desgastadas suelas
rozan la piel.
No sólo observo, siento,
permanezco, grito en
silencio las palabras
no mencionadas.
Un pequeño salto,
tan sólo un segundo
para ser de nuevo
aquello que un día
fui, no más corazones
rotos, ni cristales
rasgando el rostro.
Dulce suspiro nacido
del estómago recorre
a diario rompiendo
la monotonía en
consonancia con
aquella vieja canción
que unió dos bocas
sedientas.

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