lunes, 14 de septiembre de 2009


Hace tan
poco, tres
años, una
pequeña
consecución
de pies que
rozaron el
cielo al caminar.
No existía el
miedo, no
existían las
lágrimas, éramos
aquello deseado,
dos manos
caminando pese
a la adversidad.
Partimos el cielo
pisoteando con la
mirada todo tipo
de huellas.
Ahora tengo dos
lágrimas cristalizadas
y unas viejas cartas
polvorientas.
Siento, por más que
aparto la mirada
el mundo se desintegra.
Eternidad de bocas
cerradas malheridas
por la falta de querencia.
Arrastro cada mano
por finas cuerdas
que aún mantienen
la vida en un pequeño
rincón, acaricio la
tristeza moviendo
levemente el cuerpo,
aparto la vista,
elevo el rostro hacia
el último rayo de luz.
Cegadas, las pupilas
desenmascaran
cada sonrisa
pintada mostrando
que la felicidad aún
no ha llegado y que
la soledad es la dueña
de cada acto.
¿Porqué amamos?
¿Es amor o miedo
al solitario abismo
del olvido?
Caen, siguen cayendo
las pestañas, pequeñas
esquirlas de metal
ensangrentadas.
No hay más tiempo que
el vivido, no hay más sueño
que lo deseado y pese
a cualquier tipo de
rechazo continuamos
esperando ese dulce
beso que palie la
asfixiante agonía
de la sociedad.

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