sábado, 12 de septiembre de 2009


Rotos los
espejos,
luz quebrada
en la mano,
sombras difusas
difuminando el
pasado.
Pupilas de fino
papel rasgado
ven más allá
del día aquellas
estaciones cuando
la infancia era
infancia y no un
precoz universo
creado en torno
al paso del tiempo.
Esperando y en la
larga espera encontramos
un olvido innecesario.
Parecía tan firme,
que el firmamento
a su lado era un mero
entremés.
Pequeños versos
recargados pendidos
en cristalinas lágrimas
de acero.
Era frío acero aquel
que sesgó el rostro
pues el rostro dejó
de serlo para convertise
en ese espejo roto
sostenido y recompuesto
a través de un sueño
no ensoñado.

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