miércoles, 10 de febrero de 2010




Luz apagada


reflejada en


el pecho.


Seno materno


del cuál brotó


la sangre.


Tierra efimera,


ilusoria, Tierra


sin posesión


desterrada,


condenada.


Luz oscura


pintada,


calles vacías


donde aprendieron


significados diferentes


de una misma vida.


Una vida sin vida


atrapada en el


eco del agua.


Rozando el umbral,


la lejana luz


fue aproximándose,


caminó encontrando


un nuevo silencio,


un temeroso gesto.


Buscó hasta detenerse,


en la permanencia


encontró el fin


del desaliento.


Cuántas luces


fueron apagadas,


cuántas puertas


cerradas hasta


poder soñar


despierto.


Entre cenizas,


llamas cuyas


sombras ocultaron


la capacidad ilusoria,


en lo más profundo


nació el miedo, ese


dulce recorrido


en desvelo perpetuo.


Dulce camino de


cipreses cuyas


raíces sostienen


el peso de un
desconsuelo
que puso punto
y final entre
mareas encerradas.
Final cuyo comienzo
abrazó una mirada
cuarteada.
Comienzo de un
paso, envolviendo
aquella vieja
ciudad de insomnes
soñadores encerrados
en un decimonónico
dolor al palpar con
la boca ese gran
esqueleto sentado
sobre ideas que
nunca serían
fotografíadas.
El ahora, esa
mano firme
sosteniendo
la onírica
realidad
añorada
es una amplia
sonrisa sobre
la respiración
al conocer que
al respirar serán
besados los amantes
por aquella luz en
medio de tanta
oscuridad.

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