miércoles, 3 de marzo de 2010

Nocturnidad
encendida,
viaja la
incandescencia
paranoica
buscando
un refugio.
Huye pero,
¿de qué huye?
¿De la vida?
¿De la rutina?
Opciones
sobre la
mesa, aquella
mesa que fue
testigo de
sonrisas
infinitas.
Los ojos
empequeñecen
la distancia
entre lo que
fui y lo que
soy.
Las manos
moldean
la composición
de lo que deseo
ser.
Aquellas tardes
cuando el sol
iba apagándose,
cuando el azahár
escribía sobre
nuestras pieles.
Aquellos amaneceres
cuando sostenida
en tu regazo pintabas
con la sonrisa
mi propia boca.
Llegó la nocturnidad,
lo poseído fue
desterrado,
los recuerdos
difuminados
con el duro
golpe de una
vida llena de
impotencia.
Volarán los
amados
a tierras
extrañas,
volarán
aquellas
palabras
depositadas
sobre la cama
cuando tú eras
mi único hogar
y yo tu aliento.
¿Qué fueron
de tus pisadas?
¿Dónde están
esas manos
para bañarme
en ellas?
El último oleaje
de tus quebradas
pupilas,
mirada sostenida
ante tu descomposición.
Morirá el desconsuelo,
al igual que tu perdido
cuerpo dejó de respirar.
Abandonaste tu piel
para ser cielo,
luminoso cielo
cubriendo una
repentina oscuridad
sobre una ciudad
desintegrada.
De tu sangre
nacímos,
de tu último
suspiro nació
la poesía.
Moriste para
dar vida a la
poesía cuando
tan solo era
un muñeco
roto.
Te encuentro,
te miro y versifico,
con tu sangre
son dibujados
los sueños
hasta que logremos
decirnos en la eternidad
aquellos que no pudimos
decir cuando abandonaste
tu piel sobre aquel
enfermizo verano
cubierto con la
añoranza melancólica
de cuanto perdí al
verte marchar.

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