sábado, 23 de octubre de 2010


Su juventud
besada, deseada,
dulcemente robada
por una mirada.
Ella sentía latir el
espíritu cuando ambas
pieles se rozaban en
angustiosas noches
solitarias.
Lloraba amargamente
cuando él se aislaba
en mundos tan frágiles
como paralelos.
Lloraba flores secas
alrededor de una cama
vacía esperando que él
llegase al amanecer.
Gritaba en silencio lo
que su tierna boca
no podía decir, eran
gritos amargos teñidos
de una extraña dulzura
que le unía a él.
Sin máscaras ni velos
que ocultasen las pupilas
le hablaba de una felicidad
lejana, aquel sueño compartido
pero no realizado.
Se mostraba reacio a amarla,
a sentirla, el miedo debilitaba
la fortaleza retrocediendo pasos.
El amor conocido en base al
desequilibrado desamor,
él era su universo mientras
ella tan solo era un pequeño
oasis.
Fue muriendo aquella tarde
de otoño cuando el cansado
corazón suspiró dolorosamente
estremeciendo con su aullido
el silencio repentino sembrado
entre ambos.
En la suspensión de ese beso
inacabado vieron una nueva
luz a traves de sus labios.

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