lunes, 24 de enero de 2011

Dejaste caer
mi dignidad,
aquella fría
madera fue
convertida
en firme
atadúd
de triste
y descarnado
corazón.
Intenso frío
aquella noche
donde el cielo
arropó cristalizados
silencios.
Anclado en crueles
palabras fue difícil
respirar, un puño
de acero invisible
golpeó secamente
la esperanza.
Asesinaste una
juventud depositada
en tus manos.
Hoy muero, quizás
mañana vuelva a
nacer, pero hoy
dejé que tu muerte
se extendiera sobre
enfermo cuerpo.
Solitario mundo
amado agónico
y déspota, solitario
mundo amurallado
fielmente defendido
por un fuerte temor
a ser amado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario