sábado, 12 de febrero de 2011


Cartas no escritas

son leídas bajo

sombras de papel.

Todo lo deseado

automáticamente

fue negado.

Muerte anunciada

cuya respiración

entrecortada susurra

al oído unas pequeñas

notas finales.

Fluye el adiós entre

dos estáticos cuerpos

cuyos sentimientos

son debilitados

por el distanciamiento

de una noche y un

día paralelo.

Bañado de egoísmo

el suelo, ella se arrodilla

clamando con dolor

que asesine con los

latidos la distancia

impuesta por el

razonamiento.

Dos rostros adormecidos

de la mano pero cada

rostro se aleja conforme

el miedo arropa el sueño.

La música viaja lentamente

alrededor del recuerdo,

marcando el silencio

hasta el punto de convertir

la armonía en infinito

desconsuelo.

Ella, bajo el agua ahoga

los aullidos, calma el

desequilibrio con la

perfección de naturaleza

imperfecta.

Tan solo sueña, sueña

tan despierta que cada

sueño cobra apasionada

y dañina vida, vida

desatendida, carente

de vuelo, de ese principio

motor del corazón.

Retroceden los pasos

de esa muñeca de trapo

descosida, herida.

Herida alimentada

con duras palabras,

vieja herida reabierta

con nuevas heridas.

Suspendida en presente

olvidadizo, aquella carta

espera ser escrita,

ser habitada por palabras

desnudas, donde no haya

ecos ni vacíos.

Donde la sonoridad

sea agua cristalina,

donde cada pausa

sea un nuevo paso,

donde tú abras de nuevo

la puerta.

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