martes, 15 de marzo de 2011

Como aquel
niño que
espera ver
grandes batallas
de sus hadas
frente al mar.
Como aquel
niño que desea
beber ese agua
salada.
Como ese niño
que llora la ausencia
paterna cuando en
un abrir y cerrar
de ojos frente a él
no hay nada más que
silenciosas olas
arrancando sonrisas
y besos.
Cabalgando sobre
finas horas pintadas
de dolor, tratando
de huír de una
anclada realidad
donde todo se
suma a una resta
parcial de sentimientos.
Tantos corazones
bañados de sufrimiento,
tantos corazones perdidos
entre la infancia y la madurez
de una mirada angustiada
donde el rumbo se pierde
en infinito horizonte
de contradicciones.
Tanto amor abandonado
en cálidos veranos convertidos
en fríos recuerdos.
Arde, arde fuertemente
la impotencia, esa juguetona
incomprensión en el
leve pestañeo de un llanto.
Mar sereno, sombrillas
tratando de ser blancas
y puras nubes,
abuelas cuidando de sus
niños, madres amando a sus
maridos.
Ese olor verde aceituna
que no volverá,
aquellos días de felicidad
no volverán.
Ahora, ¿de qué habla este
ahora?
Un desconocido ahora
que puja fuerte por
arrastrar mar adentro
las solitarias horas
compartidas.
Una ventana abierta
sobre encharcada
playa, abundancia
de vida en contraposición
con estas venas vacías.
El agua hablaba,
contaba tantas historias
de melancólicos marineros
desengañados, aquellas
perdidas almas
que sobre alta mar
contaban los pasos
que deberían haber
dado.
Ahora, esa letra
pícara y malvada
fotografiando
cada lágrima guardada
en aquella vieja mesa
donde un día fuimos
y ya no volveremos
a ser.

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