domingo, 6 de marzo de 2011

Fallecieron
tristes aquellas
felices primaveras.
Sin sepultura ni
artificios fueron
abandonadas
entre cartones
mojados.
Aquellos viajes
donde el aire
golpeaba los
cristales, esos
cristales de ilusión
cuya luz era difuminada
con tierno amor.
Se marcharon dejando
atrás un corazón débil
y enfermo.
Se marcharon sin
echar esa última
mirada atrás.
Esa mirada de consuelo
que diera a luz una
nueva capacidad de
luchar.
Duele el dolor,
duele hasta tal
punto que la
garganta en un
último latido
acaba agonizando
sobre un beso distruído.
Caja triste abandonada
tratando de seguir el ritmo
impuesto por una
sociedad macabra.
Marchitos ojos,
sobre la levedad
de cada momento.
Desnudos fingidos
teñidos de felicidad,
cuando la felicidad
ha sido prostituída
en una inestable superficie.
Una grieta, pequeña
pero bien profunda,
un pequeño hueco
en un corazón desvencijado.
Pesado sufrimiento
sobre jóvenes huesos
perdidos en el camino.
Desheredado corazón
alejado, observando el
instante de cada
autodestructivo acto,
nace el envejecimiento
prematuro.
Pies señalan una
dirección, ellos
marcan las pautas
a seguir, si abandonas
un silencio eres
excluído al anonimato.
Ellos nacieron para imponer
las palabras, esa corrección
igualitaria en la cuál nada
destaca.
Pisan, pisan los sueños
antes de que los sueños
sean dueños de la realidad,
siendo la realidad un
ataque constante a esa
ensoñada felicidad.
Entre cajas de cartón
las vidas se contruyen,
caen tan rápido, con una
sola lágrima dejan de
servir.
Somos cajas de cartón
sobre grisáceo suelo
artificial en busca
de ese pequeño instante
de vida que colme de
sonrisas las grandes
heridas provocadas
por el engaño.

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