sábado, 12 de marzo de 2011


Subían, caían,
fueron perdidas.
Ascendían, descendían,
hasta precipitar en
la desilusión.
Ellas, principio motor
de los días que fueron
recordadas con inmenso
dolor.
Se fueron grabando en
la memoria como un pequeño
sabor agridulce en
llorosa boca.
Girando sobre oscura
y cegadora luz son
adormecidos los
sentidos arrastrando
así esa enemistad
con la propia existencia.
Soledad.
Soledad abandonada,
maltratada por la
autocompasión
destructiva de
un cielo poseedor
de aquellas sonrisas
perdidas.
Tantos caminos sin
notas, sin esbozos,
tantos caminos
ensombrecidos
por la ausencia
de cada una de
aquellas sonrisas
que con angustia
son conmemoradas.
Recordadas fielmente
como pequeños grandes
amores pintados en
el atardecer de un
alma.
Sobre eternas milésimas
de añoranza, bajo pequeños
faros precipitados,
sobre heridas profundas
mal selladas, esa pequeña
luz muere siendo invadido
el cuerpo por un brillante
instante cantado.
Se alejaron siendo difuminadas
en atormentada seriedad
que olvidó el valor real
de los pequeños detalles
de la vida.

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