miércoles, 11 de mayo de 2011



Pequeños mechones

escupiendo tristeza

a este cielo.

Este cielo donde nos

fundimos aquella

noche ya enterrada.

¿Dónde estás?

¿Acaso no sientes

el fallecer constante

de mi corazón?

Nacen dolorosos

versos de las manos,

empañados por lágrimas

resignadas a abandonar

su hogar.

Nacen de mí las horas

muertas que deseo

hacer resucitar.

Nacen como hierro

hiriente sobre

herida abierta

aquellas frías

miradas.

Soledad malquerida,

amarga, cuerpo

debilitado por tu

ausente boca.

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