domingo, 7 de agosto de 2011




Afligidos pensamientos


sobre el cabello,


mirada perdida


en el eco del último beso.


Madrid murió aquella


veraniega tarde


cuando el silencio


marcó cada rostro


con el peso de un


sencillo recuerdo.


Era una flor con sed,


una flor no necesidad


de amar esa esperanza.


Dejó de ser flor convirtiéndose


en profunda lágrima


depositada en sus manos.


Soledad.


Angustiosa agonía


en fría boca,


sonrisas enfermas


esperando que llegue


dramático final.


Miradas que no observan,


ojos apagados bajo estremecedora


luz.


Punzante dolor en el costado,


patadas en el aire


aproximándose lentamente


al corazón.


Sobre altos cipreses


el hogar es reconstruído,


desdibujados caminos


se agarran fielmente


a los dedos,


corazón respirando a pleno


pulmón en asfixiante


amanecer.


Dolorosa soledad.


Por más que lloran


las lágrimas,


frente a frente


la desilusión lucha


por sobrevivir pese


a ese fuerte sueño.


¿Dónde podrán refugiarse


las nuevas palabras que


han de nacer?


¿Dónde podrán ser


enterradas las penas?


Sepultura sin nombre


ni edad,


cada día muere en mí


como yo muero en cada


día.


Raíces, raíces tan profundas


como la levedad del tiempo


flotando sobre inestable


suelo.


Aquella tarde no pudo


resucitar.




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