lunes, 26 de septiembre de 2011

Los días caen

en oscurecidas

manos.

Los días caen

sobre el pecho.

Eterno domingo

donde todo es igual

y esa similitud

arrastra

la tristeza a la

profundidad de un cielo

eternizado.

Caen, caen tan rápido

que un abrir y cerrar

de ojos se convierte

en un susurro

ante la presión

de una estrella

recién muerta.

Tan solo queda dormir

para olvidar y olvidar

para sobrevivir.

Sobrevivir para sobrellevar

una ingrata vida

de decepciones.

Dolor agudizado

por las heridas de un

corazón a otro corazón

aquella tarde de otoño

cuando esos labios se

despidieron

sin pasión.

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