miércoles, 11 de junio de 2014


Cosida lengua
a las entrañas 
de fatídico día.
Ese día que sin
pestañear cruzó 
desgarrado corazón
cuando la ignorancia
pecó pagando alto
precio súbita compañía
que los alejó de sentido
sentimiento.
Morir en silencio o morir
gritando,
morir para qué morir si
ese segundo de aliento
fue arrebatado aquel día
en el que las libélulas 
fueron desterradas 
y los sueños desalentados.
Sobre sus estáticas manos
fueron alimentadas extrañas
horas que pasaron como si tal
cosa aquel atardecer tan agónico
y distante que el mundo dejó de
ser mar, tierra y cosmos
para convertirse en el epicentro
de un vacío deshumanizado.
Cayeron por su propio peso
las horas enquistadas en el
recuerdo, aquellas horas que 
esperaron días mejores, 
aquellos días cuyas noches
fueron eternizadas.
¿Qué será de cada suspiro
aferrado a ese último aliento
mutilado por el desengaño
de la incomprensión?
Todo marchitará, todo anidará
en otro lugar, todo fenecerá
desde la sal de aquellas lágrimas
hasta el más dulce cosquilleo de aquellas
libélulas que hoy son 
el marchito recuerdo 
de las flores que esperaron
en su día ser refugio de 
tantas historias como besos.


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